Lo que pasó en el Obelisco tras los triunfos de la selección argentina contra Egipto y Suiza no fueron incidentes aislados. No fueron errores. Fueron la ejecución de un protocolo: la intervención deliberada para desarticular cualquier espacio colectivo que escape al control estatal.

¿Por qué el sistema te permite el espectáculo del partido pero te reprime cuando ganás la calle? La violencia institucional ante los festejos de las victorias deportivas en el Obelisco tras el partido con Suiza y antes con Egipto no es seguridad; es gestión de población. Foucault lo llamaría biopolítica: el poder decidiendo qué cuerpos tienen permiso de existir y cómo deben moverse. Para el Estado, vos no sos una persona; sos un nodo de datos en un tablero de Palantir, una pieza que debe permanecer quieta o en movimiento según su capricho.
Estamos viviendo en una Matrix donde la calle es el único lugar donde el código se rompe. El sistema tolera el consumo pasivo frente a la pantalla, pero le aterra la autonomía. Un cuerpo festejando sin permiso es un error en el algoritmo de control.
La represión no busca “ordenar” el tránsito; busca domar cualquier chispa de vida que no pueda ser cuantificada, vigilada o procesada por sus sistemas de inteligencia predictiva. El neofascismo no quiere súbditos convencidos, quiere autómatas predecibles. Cuando tomás el Obelisco, dejás de ser un nodo controlado y empezás a ser una amenaza para el programa.
La alegría en la calle es la única disrupción que este sistema no sabe cómo procesar. Y por eso, cada vez que salís, te mandan a las fuerzas represivas.