por Marcelo Fernández
En la era tecnológica y de la información, todo es profuso y más rápido; en la matrix proliferan canales y soportes alternativos a los del poder, y en esa gran red, nuestra mente cedió a la lógica del minuto a minuto.
Muchos gustan de opinar sobre la coyuntura política, económica o social y, en ese terreno, quien carezca de cierto manejo del timing y el fondo en la información, “perdió”.
Lo vital es saber de qué fuente proviene y cómo llega esa “información”, tratando de detectar cómo es el trasfondo de su contenido, partiendo de la base de que el mensaje de la información oficial la maneja siempre un poder más grande que la representatividad. De muchas formas se opina: desde la utopía, desde lo práctico, desde el miedo o desde la conveniencia, a veces desde la sensibilidad o incluso desde lo contrario.
Hay mucha gente deshistorizada, o quizás indiferente, que consume acríticamente falacias y tendencias que apuntan sobre todo a validar prejuicios o preconceptos establecidos. Muchas veces su opinión proviene de esa desinformación.
Parafraseando a Noam Chomsky, lo tremendo es que muchos no saben lo que está ocurriendo, ni si quiera saben que no lo saben.
