por Darion
Las élites han impuesto culturalmente una definición de libertad que ignora las enormes desigualdades económicas existentes en las poblaciones. También han instaurado la democracia como un régimen superador, desde la escuela nos enseñan que es el gobierno de todos. Pero en la realidad dista mucho de serlo, debido a que en la democracia representativa la participación popular es casi nula. Puede pensarse razonablemente que la injerencia de los pueblos en decisiones políticas de peso hubiera llevado a un mundo muy distinto al actual.
Es común que los medios de comunicación coloquen erróneamente a gobiernos latinoamericanos de tinte keynesiano el rótulo de “izquierda”, cuando no hay en ellos ninguna intención real de una revolución ni de cambio concreto de los paradigmas del capitalismo. Por citar algunos ejemplos, podemos mencionar a los expresidentes Lula da Silva, Rafael Correa y Evo Morales. Pero aun así, estos gobiernos progresistas no dejaron conformes a las élites. Estas, con fuertes campañas de marketing, buscan colocar presidentes que promuevan una economía inspirada en la escuela monetarista clásica o como suelen decirles habitualmente: presidentes neoliberales. Y cuando no pueden con las urnas recurren a golpes institucionales, como contra el entonces presidente de Paraguay Fernando Lugo (en 2012) o contra Dilma Rousseff en Brasil. Una técnica que se había implementado con Manuel Zelaya años atrás en Honduras.
Bolivia siempre había sido una economía extractiva en la cual Evo Morales empezó a generar valor agregado. Elegido tres veces como presidente, y desoyendo un plebiscito popular que no quería que se postulara a un cuarto mandato, con una salida institucional logró postularse nuevamente y ganó. Sin mucho fundamento, las elecciones fueron cuestionadas por las élites. Evo Morales cedió a los reclamos de auditoría de los comicios e incluso convocó a nuevas elecciones. No es intención de este artículo defender a Evo Morales, pero lo cierto es que no había forma de ganarle en las urnas. Un momento de debilidad de Morales fue aprovechado para un golpe de Estado tradicional, con persecuciones, intimidación, represión y asesinatos.
En resumen, las convicciones democráticas de las élites se adecuan a la medida de sus propias conveniencias.